M U E S T R A S


limonadas con sabor a simple

2009

exposición de una serie de cuadros en pintura mixta y figurativa de igual formato alusivas a personas banãndose en cascadas sobre fondos verdes. Texto de sala de Jhon Benavides. llevada acabo en el Centro Cultural Palatino de Pasto, Colombia

El limón, en la herida de la axila, hace visible el dolor.  En la pintura de Adrián Montenegro, el lugar más reservado del erotismo se vuelve una puesta en escena risible. La piscina-alegoría de piscis-, hace notable a más no poder el estado pisciforme de la pintura. Obra gráfica y pictórica que ironiza el registro memorial a partir de la fragilidad de lo  acuoso de estos fotogramas familiares de Montenegro.   En todos los tonos -muy aguada a tal punto de borrar y crear un velo en el rostro-  la piel se vuelve verdosa y amarillenta. Atacada por la acidulación de una acción irrepetible la dermis se vuelve frágil y velada.   Superando el artificio pictórico y efectista del artista mirón (satisfecho a la distancia por la asepsia de la mirada) Adrián sabe anteponer la visibilidad de lo efímero en la gracia del instante. A partir del agua recrea la imposible repetitividad de la evocación. Con todos los efectos del reflejo, con la aportación técnica de la fotografía, el cuadro se vuelve  una presencia del otro. Tal vez por eso, su gracia es sugestiva y aparentemente familiar.  Su tacto desborda las limitaciones de una economía del deseo.   Irrepetiblemente amorosa e incesantemente milagrosa su pintura apuesta a lo táctil y oloroso, cual limón, en la amargura de su degustación.  Sin hacer caras el ácido entremezcla la saliva o la masa extendida de la pintura, pues es un vidente que sabe anticipar lo imposible en la visibilidad de la técnica.  Voyant más que voyeur , su gesto aparece en la extrema deformación del cuerpo.  Ya el agua prevalece ante la imposibilidad de su detención.  Y aún así la necesidad del registro, de la mancha que prefigure, del color que cromatiza la anécdota, sin embargo, prevalece la latente necesidad del creador.  De quien sabe detener a tiempo la marejada del imaginario y su bocanada transcendental. Si el objeto ha sido superado es gracias al humor, siendo éste un atributo del ácido que brota del fruto.  El ofrecimiento frugal también se cuestiona porque no hay detención más terrible que el amancebamiento de lo doméstico y lo local.  Siendo un color localizado en las escenas de paseos, la diversión se intensifica en el contraste sutil de los colores y el insostenible soporte.  Como si algún día se volviera tan frágil como la piel al contacto con el limón. La  limonada se calienta.  Le permite un extraño fenómeno cuya poética requiere el ojo acucioso del silente.  Sin estridencias, el carácter espectral de toda pintura permite también que lo impresentable sea parte de una posibilidad del humor.  Risa que sirve de antesala a la oración por los otros, y a todo esto, se sale una carcajada de niño o de mujer mientras el juego es una donación en exceso. En la posible contemplación de su obra nos salta una gota cítrica sobre los ojos.  Y el llanto aparece.  Sirve para celebrar la gracia del amado, como bienaventuranza de una pintura sin artificios, buscando en la tachadura la prevalencia del instante: reflejo mítico del amor como consistencia del silencio.  

Jhon Benavides